SOBRE LA OBRA

INTERIORES

Los espacios de la nostalgia

Para quienes conocen el intrincado y complejo mundo visual de la obra de Claudio Paolasso, la presente muestra, sin duda, será una gran sorpresa. El conjunto de su obra, ejecutada a lo largo de quince años de imparable actividad artística, ha sido de una exuberancia tal, que muchos ojos no avisados podrán encontrar inexplicable un producto tan tenso, contenido y depurado como el de sus últimos cuadros. Su producción anterior, de marcado sello expresionista como algunos críticos han señalado, se caracterizó por la presencia constante de la figura humana, siempre enmarcada dentro de un firme ordenamiento que quedaba oculto tras profusas imágenes y un exuberante tratamiento del color y los detalles. Luego de una obra en donde el vacío era prácticamente inexistente, observamos una ruptura temática y formal que da paso a controladas y austeras composiciones que poseen un aura inquietante.

La obra actual de Claudio Paolasso se compone de una rígida geometría en donde se dibujan gélidos entornos domésticos, desnudos habitáculos cargados de una fría melancolía. En un rincón, sillas o butacas solitarias dan cuenta del vacío que provoca una poderosa entidad ausente que desencadena los mecanismos de la nostalgia. Y en medio de estos espacios de la desolación aparecen, descontextualizados, una insólita sucesión de objetos y animales. El desplazamiento hacía el primer plano de estos dispares elementos (animales salvajes, estatuas, o el violento perfil de un vehículo) materializa el componente espiritual y emocional del artista, quien voluntariamente expone sus interioridades ante el escrutinio de los espectadores de su obra. Y es que el autor se complace en colocar a su público en un plano ciertamente incómodo, en un obligado ejercicio voyeaurista, haciéndole partícipe de su intimidad.

Porque más allá de lo meramente formal y descriptivo, cuando nos enfrentamos a esta extraña iconografía, nos da la sensación, no de asistir a una puesta en escena, sino de observar un proceso mental, una excrecencia del inconsciente, un poderoso mundo interior. Podría decirse perfectamente que el público se halla frente a un autorretrato. El autorretrato es un género que siempre ha despertado una especial fascinación en todos los que de alguna u otra forma están relacionados con el arte. La visión y las revelaciones que emanan de una pieza de este género, precisamente por haber sido realizadas por el propio artista con la intención de mostrar una parte de sí, suelen ser de una profundidad psicológica inusual. Y en el caso de esta selección de obras de Paolasso, estamos ante un autorretrato del alma, o si se quiere, ante la evidencia de un proceso intimo en el que el artista aspira a dominar un caos interno, un íntimo combate, una crisis de grandes proporciones, para utilizarlo como vehículo de evolución y voluntad creadora.

Por ser parte de un momento de ruptura y transición en el artista, de un instante que inaugura nuevas posibilidades, el conjunto de obras mostradas en esta exposición posee la potencia que sólo suele percibirse en la punta de una lanza cuando es arrojada en el espacio, o en la proa de una nave cuando surca el mar. Con esta muestra Paolasso ha emprendido un viaje que lo aleja de sus antiguas mitologías personales y de sus conocidos recorridos formales. El artista ha tratado de traducir sus visiones íntimas en un cuerpo visible, con una volición tan poderosa como la del mago del hermoso cuento de Borges, Las ruinas circulares, para imponer a la realidad su proyecto. Ha podido unir en su lienzo aspectos aparentemente incompatibles del sueño y la vigilia, asumiendo para ello la estructura propia de la alucinación y ha logrado trasponer lo privado al ámbito público, utilizando una imaginería poderosa y sugerente, convirtiéndola en un sistema de signos que expresa su psiquismo, sus ideas y su estado emocional.


En los cuadros de Claudio Paolasso ciertamente existe un componente críptico, con una simbología íntima. Sus imágenes pueden ser vistas como una especie de jeroglífico pictórico con una tremenda carga subjetiva; pero esto no se constituye en un obstáculo para que los espectadores puedan sentir empáticamente los contenidos de los que la obra se ha revestido al contacto de su creador. No hay necesidad de recurrir a las potencias de la intelectualidad humana para desentrañar su significado exacto porque, precisamente, una parte importante de la fascinación que emana de esta obra es ese desmantelamiento de lo racional, una suerte de deconstrucción de lo lógico y de lo discursivo para apelar más que nada a nuestras soterradas emociones.

Es por eso que las piezas de esta muestra pueden hacernos sentir perplejos y hasta perturbados. Quien piensa que la función del arte es únicamente brindar un placer estético se equivoca; su función primordial es sacudir, suscitar crisis, o invitar a la reflexión; muchas veces, a la introspección. Las piezas de esta muestra nos interpelan y nos sobrecogen. Prácticamente materializa nuestras incertidumbres, nuestras añoranzas, pero también nos lanza una sonora carcajada al rostro, pues esta obra, no está exenta de humor. Fue Lautréamont quien sugirió la existencia de fuerzas provocadoras que se desencadenan tras el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser en una mesa de disección. Cabe esperar la misma fuerza tras el encuentro de una motoneta con un sillón, o de un toro de lidia con una silla en una solitaria habitación.

Gladys Turner B.

Panamá, septiembre de 2009